Semana de la melancolía en Monóvar
Por DEMETRIO MALLEBRERA
El
insigne escritor llega a su ciudad con toda su familia y los bártulos
precisos para pasar en su amplia casa la Semana de la Melancolía, por
los recuerdos que reportan, unidos a una actitud en el pueblo entero de
recogimiento y de respeto que siempre le han atraído y que permanecen
como alma escondida en el fondo de las buenas costumbres de cada persona
y de la ciudad entera que, además, mantiene su buen gusto y su más
absoluta veneración y miramiento.
En cada hogar se abren los
arcanos baúles que dejan pasar los aromas que han permitido la
conservación de sayales, capuces, dorados cinturones trenzados y
acabados en borlas, zapatillas diseñadas al modo de la cofradía, capas
blancas, moradas, verdes, rojas, negras… con el escudo grabado al
hombro; y luego, cruces de todos los tamaños y materiales, medallas,
guantes, pedazos de velas o porta-cirios, cajas de tambor, estandartes
por montar... En un tiempo récord se tiene todo dispuesto, lavado y
planchado, para pasar revisión, misión encomendada desde antiguo a las
mujeres que tiene buen gusto y mejor memoria; cosas probadas en los
hogares de esta excelsa ciudad, elegante ella por ser así sus moradores
desde siempre.
El
esclarecido escritor se sienta en el viejo sillón orejero de sus
antepasados y se abandona unos instantes teniendo en sus manos un tomo
viejo titulado “El libro de la oración” de fray Luis de León, que le
aconsejó Azorín, por los delicados detalles de la Pasión del Señor. La
procesión le hace evocar imágenes e ideas tras llamar imperceptiblemente
a esa tribu de duendecillos que siempre aparece en los momentos más
gratos en los que el cuerpo se afloja y la mente se recrea con visiones
bonancibles. En su retentiva aparecen músicas, luces y sombras,
representando al Cristo que van a matar, al Cristo que pasa y nos mira
ante nuestra expresión cariacontecida como si le viera por primera vez;
al Cristo que no puede más con el enorme peso del madero y da la
impresión de caerse ante nosotros; al Cristo que ya está muerto entre
los brazos de su Madre; al Cristo que es llevado, solemnísimo, a
enterrar; al Cristo resucitado que sube al cielo volando entre palomas y
ángeles. Retumban ahora potentes tambores que son como llamadas de
atención a la conciencia, y le llevan a exclamar, emocionado: ¡qué
maravillosa es la Semana Santa de Monóvar; tan devota, tan rigurosa y
creíble, tan formal!
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