26 jun 2017

COLLADO DE SALINAS




la pregunta que se hace Azorín en el primer capítulo de Las confesio- nes de un pequeño filósofo         Por Paqui Limorti      
esla  misma que se habrán hecho todos los escritores que en el mundo han sido. ¿Debe estamparse en el papel los minúsculos acontecimientos de sus vidas?  ¿Qué  importancia pueden
tener? ¿A quién puede interesar?
Este libro lo escribe en el verano de 1903, en el Collado de Salinas, al pie de un monte "poblado de pinos olorosos y de hierbajos ratizos". Se publica al año siguiente siendo elogiado por los críticos del momento; sería  el último libro  que  firmaría como J. Martínez Ruiz. Es un libro de recuerdos en el que  narra su infancia, su colegio, sus familiares, su juventud,  etc.; Azorín revive  en su presente las experiencias de su niñez pasada. No hay una trama sino divagaciones e impresiones des- organizadas y caprichosas que destilan melancolía y una vaga tristeza producida por el paso  irreparable del tiempo.
Una de las actividades programadas por  la Concejalia de Cultura y la Biblioteca Municipal con motivo del "Año Azorín" y del "Día del libro" ha sido su lectura en la Casa Museo de Movar. Allí hemos acu- dido unos cuantos, a falta de otros muchos, para  releer  y reivindicar que  Azorín no es un escritor aburrido o pesado, como algunos dicen, pero  ciertamente sumido en un incomprensible olvido. Se han leído unos veinte capítulos del libro  que  han demostrado la amenidad y el interés de su prosa cautivadora.
Con esta lectura hemos disfrutado de las sensaciones que  le produ- cen a Azorín diferentes objetos como "Las puertas" o "Las ventanas", es decir, les concede cierta autonomía que  nos hace fijarnos en ellas y elevarlas a una categoría superior o como nos dice E. Inman Fox, nos descubre una "nueva manera de mirar las cosas".
"No  hay dos  puertas iguales:  respetadlas  todos. Yo siento una profunda veneracn por ellas;  porque sabed que hay un instante en nuestra vida, un instante único, supremo, en que detrás de una puer- ta que vamos a abrir está nuestra felicidad o nuestro infortunio ...".
¡Que despistados vamos por la vida! ¿Nos hemos parado alguna vez a pensar lo que podemos encontrar al atravesar las puertas? Vamos por el mundo como aumatas y así nos pasa lo que nos pasa; hasta que no nos damos el batacazo no nos ponemos a pensar en las consecuencias de nuestros actos. Pura  filosofía del día a día,  del sentido común, de "vivir" siendo conscientes de cada  paso  que  damos. Irónicamente se podría decir  a. Presentimos esa inconsciencia leyendo a Azorín.
Otro de  los actos programados es la visita al Collado de  Salinas, pedanía situada al noroeste de Movar, para  ver el lugar  y la casa familiar donde  Azorín pasaba algunas temporadas.  Es el  primer domingo de  mayo; el día  radiante de  sol  mediterráneo y una fina brisa  hacen agradable el paseo. Delante de  la casa  comienzan las lecturas hechas por  Manuela acompañada a intervalos por  la música del  violonchelo; se leen los párrafos en los que  se explica cómo era la casa según la describe Azorín en su libro  "Antonio Azorín". Aunque se han realizado en ella algunos  arreglos, afortunadamente el lugar  se conserva casi intacto.
"La  casa se levanta en lo hondo del  collado, sobre  una ancha explanada. Tiene la casa cuatro cuerpos en pintorescos altibajos. La casa es grande, de pisos  desiguales, de estancias laberínticasAnte la casa se abre  una alameda de almendros".
Cambiamos de sitio en varias ocasiones para escuchar la descripción del paisaje, la vegetación, los cultivos, las montañas, toda la natura- leza que  nos rodea: arboledas, vedos, tierras paniegas, cornijales,

paratas, ribazos, Cerramos los ojos para  sentir el sonido del viento, el trino de los pájaros, el perfume de las hierbas aromáticas; lo mismo que  el autor oiría  cuando estaba en este valle  desde el que  se divisa una panorámica excelente de  todo el contorno. Hemos sentido el eterno retorno; hemos comprendido el tiempo azoriniano que  ve en el presente el pasado y en el pasado lo por venir.
Azorín es un enamorado del paisaje, de las plantas, de los animales, en particular de los insectos a los que observa detenidamente. Todas las plantas tienen, en suma, sus veleidades, sus odios, sus amores. Las pasiones que nosotros creemos que sólo en el hombre alientan, alientan también en toda la naturaleza. Todo vive, ama, goza, sufre, perece.
Acabamos en la pequeña ermita construida en 1806  y dedicada a San Blas, Enfrente de la casa, formando plazoleta, hay una cochera y una ermita. La ermita es pequeña; es de orden clásico. Tiene cuatro altares laterales con lienzos; allí Isabel,  una sobrina-nieta de Azorín, nieta de su hermana Remedios, acompañada de  su familia, nos despi- de con otro fragmento de lecturas.
Todos  los  escritores de  la generación del  98  mostraron un gran interés por  el paisaje y abogaban también por  el conocimiento de la geografía y de la historia, porque pensaban que  éstas habrían de contribuir, en su opinión, a un mayor respeto por  el mismo, tanto rural como urbano.
Dice cierta teoría que el paisaje como tal no existe, lo que existe es la naturaleza que,  con la mirada del observador se convierte en paisaje. Nosotros, los que  formamos el grupo que  realizaba esta actividad en el Collado, construimos nuestro paisaje. Para Azorín, el paisaje somos nosotros; el paisaje es nuestro espíritu, sus melancolías, sus placi- deces,  sus anhelos, Hemos sentido "sensaciones" en esta actividad original, diferente, lúdica y entrañable, en plena naturaleza.
Y por  último, y para  los que  ya tenéis una cierta edad, seguro que en más de una ocasión habréis visto pasar  ante vosotros los recuerdos de toda una vida y diréis como Azorín: Y he sentido -no sonriáis-, esa sensación vaga, que a veces me obsesiona, del tiempo y de las cosas que pasan en una corriente vertiginosa y formidable.

Paqui Limorti Aracil.

(Publicado en el Veïnat)