esla misma que se habrán hecho todos los escritores que en el mundo han sido. ¿Debe estamparse en el papel los minúsculos acontecimientos de sus vidas?
¿Qué importancia pueden
tener? ¿A quién puede interesar?
Este libro lo escribe en el verano de 1903, en el
Collado de Salinas, al pie de un monte "poblado de pinos olorosos y
de hierbajos ratizos". Se publica al año siguiente siendo elogiado por los críticos del momento; sería el último libro que
firmaría como J. Martínez Ruiz. Es un libro de recuerdos en el que narra su infancia, su colegio, sus familiares, su juventud, etc.; Azorín revive en su presente las experiencias de su niñez pasada. No hay una trama sino divagaciones e
impresiones des-
organizadas y caprichosas que destilan melancolía y
una vaga tristeza producida por el paso irreparable del tiempo.
Una de las actividades programadas por la Concejalia de Cultura y la Biblioteca Municipal con motivo del "Año Azorín" y
del "Día del libro"
ha sido su lectura en la Casa Museo de Monóvar. Allí hemos acu- dido unos cuantos, a falta de otros muchos, para
releer
y reivindicar que
Azorín no es
un escritor aburrido o
pesado, como algunos
dicen, pero
ciertamente sumido en un incomprensible olvido. Se han leído unos veinte capítulos del libro
que han demostrado la amenidad y el interés de su prosa cautivadora.
Con esta lectura hemos disfrutado de las sensaciones que le produ- cen a Azorín diferentes objetos como "Las puertas" o "Las ventanas", es decir, les concede cierta autonomía que nos hace fijarnos en ellas y elevarlas a
una categoría superior o
como nos dice E. Inman Fox, nos descubre una "nueva manera de mirar las cosas".
"No hay dos
puertas iguales: respetadlas todos. Yo siento una profunda veneración por ellas;
porque sabed que hay un instante en nuestra vida, un instante único, supremo, en que detrás de una puer- ta que vamos a abrir está nuestra felicidad o
nuestro infortunio ...".
¡Que despistados vamos por la vida! ¿Nos hemos parado alguna vez a pensar lo que podemos encontrar al atravesar las puertas? Vamos por el mundo como autómatas y
así nos pasa lo que nos pasa; hasta que no nos damos el batacazo no nos ponemos a
pensar en las consecuencias de nuestros actos. Pura filosofía del día a día,
del sentido común, de "vivir" siendo conscientes de cada
paso
que damos. Irónicamente se podría decir
así. Presentimos esa inconsciencia leyendo a
Azorín.
Otro de los actos programados es la visita al Collado de Salinas, pedanía situada al noroeste de Monóvar, para ver el lugar
y la casa familiar donde Azorín pasaba algunas temporadas. Es el primer domingo de
mayo; el día
radiante de sol
mediterráneo y una fina brisa
hacen agradable
el paseo. Delante de la casa
comienzan las lecturas hechas por Manuela acompañada a intervalos por
la música del violonchelo; se leen los párrafos en los que se explica cómo era la casa según la describe Azorín en su libro
"Antonio Azorín". Aunque se han realizado en ella algunos arreglos, afortunadamente el lugar
se conserva casi intacto.
"La casa se levanta en lo hondo del
collado, sobre
una ancha explanada. Tiene la casa cuatro cuerpos en pintorescos altibajos. …
La casa es
grande, de pisos
desiguales, de estancias laberínticas…
Ante la casa se abre una alameda de almendros".
Cambiamos de sitio en varias ocasiones para escuchar la descripción del paisaje, la
vegetación, los cultivos, las montañas, toda la natura- leza que
nos rodea: arboledas, viñedos, tierras paniegas, cornijales,
paratas, ribazos,… Cerramos los ojos para sentir el sonido del viento, el trino de los pájaros, el perfume de las hierbas aromáticas; lo mismo que
el autor oiría cuando estaba en este valle desde el que se divisa una panorámica excelente de todo el contorno. Hemos sentido el eterno retorno; hemos comprendido el tiempo azoriniano que ve en el presente el pasado y
en el pasado lo por venir.
Azorín es un enamorado del paisaje, de las plantas, de los animales, en particular de los insectos a los que observa detenidamente. Todas las plantas tienen, en suma, sus veleidades, sus odios, sus amores. Las pasiones que nosotros creemos que sólo en el
hombre alientan, alientan también en toda la naturaleza. Todo vive, ama, goza, sufre, perece.
Acabamos en la pequeña ermita construida en 1806
y dedicada a
San Blas, Enfrente de la casa, formando plazoleta, hay una cochera y
una ermita. La ermita es pequeña; es de orden
clásico. Tiene cuatro altares laterales con lienzos; allí Isabel,
una sobrina-nieta de Azorín, nieta de su hermana Remedios, acompañada de su familia, nos despi- de con otro fragmento de lecturas.
Todos los escritores de la generación del 98
mostraron un gran interés por
el paisaje y abogaban también por
el conocimiento de la geografía y
de la historia, porque pensaban que
éstas habrían de contribuir, en su opinión, a un mayor
respeto por el mismo, tanto rural como urbano.
Dice cierta teoría que el paisaje como tal no existe, lo que existe es
la naturaleza que, con la mirada del observador se convierte en paisaje. Nosotros, los que
formamos el grupo que realizaba esta actividad en el Collado, construimos nuestro paisaje. Para Azorín, el paisaje somos nosotros; el paisaje es nuestro espíritu, sus melancolías, sus placi- deces,
sus anhelos,… Hemos sentido "sensaciones" en esta actividad original, diferente, lúdica y entrañable, en plena naturaleza.
Y por último, y
para los que
ya tenéis una cierta edad, seguro que en más de una ocasión habréis visto pasar
ante vosotros los recuerdos de toda una vida y diréis como Azorín: Y he sentido -no sonriáis-, esa sensación vaga, que a veces me obsesiona, del tiempo y
de las cosas que pasan en una corriente vertiginosa y formidable.
Paqui Limorti Aracil.
(Publicado en el Veïnat)